El Faro Negro

Una noche más bajo el amparo de la ardiente oscuridad. Una noche más en el Muro de Fuego, con el frío de la Diosa metiéndose en los huesos pese a la cercanía de la más maravillosa obra mágica conocida, con la sensación de que la vida puede acabar en cualquier momento. Una noche más pensando en que los habitantes del Faro son la última frontera entre la vida y la más terrible Oscuridad.

Pero no era una noche más. No, esa noche, mientras los
exploradores buscaban alimento, los miembros de la Hermandad de las Capas vigilaban la frontera y el Señor del Faro estudiaba en la biblioteca, algo pasó. El fuego que garantizaba la seguridad del Viejo Reino se debilitó, se fue haciendo más y más fino, y en una franja de más de treinta metros, las runas de los druidas, el poder de los árboles centinela, la fuerza de los calderos de acero incógnito o la magia de la Cábala falló. Había surgido una brecha en el Muro de Fuego. Las alarmas sonaron con fuerza, y varios fustes de la Hermandad partieron hacia ella, tratando de hacerse fuertes y evitar cualquier tipo de ataque... O al menos, poder avisar con la mayor rapidez posible. Y, si los dioses tenían piedad, que las huestes de la Oscuridad no se diesen cuenta hasta que fuese demasiado tarde.
 
Los habitantes del Faro Negro susurraban al amparo del fuego de la taberna. Mala época para catástrofes. El Muro se debilita, pero no es lo único que atormenta cada noche. Los espíritus están inquietos, la muerte ronda a los hombres y ni los sacerdotes son capaces de que los dioses muestren piedad por ellos. No, lo que estaba por venir podría ser más terrible incluso que una brecha en el Muro de Fuego. Y a nadie parecía importarle.
 
* * *
Más allá del Muro de Fuego, un hombre tumbado en el suelo y con los ojos cerrados parecía hablar al cielo.
- Ha llegado el momento: tu espera ha finalizado. La gloria te espera. La Diosa así lo ha dicho.