La Misiva
El viento soplaba alrededor de la torre de homenaje, como era propio de la estación. Casi había anochecido, y las antorchas ya lucían. Un brillo danzante salía de la ventana del despacho del señor, indicando que el fuego de la chimenea se hallaba encendido, y que el señor del castillo estaba ocupado con los menesteres del feudo aún a estas horas.
Dentro del gran despacho, iluminado con velas además de con la chimenea, se hallaba un hombre maduro, vestido con ropajes elegantes, pero cómodos, y a su lado un joven portando armadura de cuero ligera. Ambos ojeaban los pergaminos que tenían enfrente; el hombre con interés, haciendo alguna anotación ocasional, y el muchacho con evidente aburrimiento.
- Deberías haberte puesto algo más cómodo; aún nos queda un rato - dijo el hombre de repente.
- Padre, me gusta llevar esto. He estado entrenando hoy. He ganado a cinco de nuestros hombres de armas más veteranos, y mañana...
- No es el momento, hijo. Cada cosa a su tiempo. Revisa los impuestos de los campos de la vega oeste.
Con evidente fastidio, el joven cogió el largo pergamino, y después de ojearlo brevemente, lo volvió a echar sobre la mesa.
- Está todo bien, padre.
- Vuélvelo a mirar, escribe las cuentas y me lo resumes después.
- Padre, no entiendo por qué me haces perder el tiempo con esto. Tenemos recaudadores, contadores, un senescal con no sé cuántos secretarios, un tesorero...
- Haz lo que te digo y no me repliques. Esto ya lo hemos discutido...
A mitad de la frase, unos fuertes golpes se oyeron en la puerta. El hombre dio su permiso, y un guardia muy joven entró por la puerta, con cara de miedo. Portaba en su mano un grueso sobre, con un lacre. "Acaba de llegar esto, señor. Parecía i-importante..." dijo, balbuceante, el guardia, mientras le tendía el sobre.
El hombre se irguió en el butacón, cogió el sobre y lo miró. Portaba en el lacre intacto el emblema de una serpiente alada. Con la pericia de quien lo ha hecho miles de veces, sacó su daga del cinto y abrió la misiva, leyéndola atentamente.
Pasado un rato, el joven habló:
- Padre, ése era el emblema de la Sierpe, ¿verdad? ¿Qué quiere una de las grandes casas del Reino de nosotros?
El hombre no respondió inmediatamente. Continuó leyendo, y volvió a doblar el pergamino. Luego se dirigió al guardia:
- Vete a buscar al Señor Senescal y le dices que quiero verle. Después baja a la cocina y diles que estén preparados para dar una cena esta noche. No comentes nada más de esto con nadie.
El guardia saludó con nerviosismo y salió de la sala. Una vez la puerta se hubo cerrado, el hombre se dirigió al joven:
- La Sierpe ha muerto. En la carta se nos informa de cuándo serán las exequias fúnebres y se nos ruega que recemos a Kermus por su apacible descanso.
El joven miró a su padre con una mezcla de nerviosismo e interés. Algo interesante había sucedido esa tarde, a pesar de todo, pero no lo acababa de entender.
- Padre, nosotros no conocíamos a la Sierpe ni somos vasallos suyos. ¿En qué nos afecta esta noticia?
- La Sierpe, hijo, es especial. La llaman El Primero entre Iguales, el Señor Electo o, a sus espaldas, el Duque sin Sangre. No sucede como en otras Casas, en la que la misma familia gobierna generación tras generación; cuando una Sierpe muere, son sus vasallos los que eligen a la siguiente. Por ello se dice que la Sierpe muda de piel. Y puede que no sean elegidos sus hijos, puede que ni siquiera uno de los vasallos... puede ser casi cualquiera que se gane a quienes tienen derecho a votar. Y todo el Reino mira, porque la Casa es antigua y muy poderosa, con grandes ejércitos y flotas, y cofres llenos de oro.
- Pero, aún así...
- Piensa en las posibilidades. Puede ser elegido un amigo nuestro, que nos colme de regalos y nos dé su favor. Puede ser elegido un enemigo, que nos prive de nuestra prosperidad. O puede ser elegido alguien a quien no conozcamos, en cuyo caso haremos bien en ganarnos su favor. Hay que preparar un ritual funerario para recordar a la vieja Sierpe. Encárgate de hablar con el Custodio, y de avisar al resto de la familia, para hacerlo en unas horas.
- No lo entiendo, padre. Si no le conocíamos de nada...
- Tienes razón, hijo. Como no le conocíamos, asegúrate de que estén también los sirvientes principales y los oficiales de nuestras tropas. Además, invita a algunos comerciantes y artesanos que puedan venir, y si hay algún noble en la ciudad, también. Que sea público y conocido nuestro dolor por nuestro buen amigo. Ve, no tardes.
El joven salió de la sala, contento por poder pasar la tarde con algo distinto de los aburridos pergaminos. Cuando ya estaba en el dintel de la puerta, su padre se volvió a dirigir a él.
- Cámbiate de ropa antes. Y después de la cena, vete con tu tutor y repasa las Casas del Reino, sus lealtades, alianzas, matrimonios y enemistades. Mañana veré cuánto has aprovechado.
La alegría del joven ya se había disuelto por completo cuando cerró la puerta. En el despacho, el hombre empezó a escribir, con cautela, la primera de las muchas cartas que envió durante los días siguientes.


