Fungarest

El Viejo Reino

Las Montañas de Acero

Vivimos en una era de tinieblas.

Solamente las más antiguas leyendas hablan de un remoto pasado en el que el mundo no vivía atenazado en la implacable garra de la Oscuridad. Pocos creen ya en esas fábulas, pues desde que se tiene constancia mil y una naciones han caído aplastadas por un manto de insondables sombras. Orgullosas naciones, poderosos reinos de los que ya sólo sobreviven algunos nombres o canciones, engullidos por la tenebrosa vorágine que todo consume a su paso, perdidos ya en la noche del olvido.

Siglos, tal vez milenios, lleva luchando el Viejo Reino contra el avance de la Oscuridad. Tantas veces ha perdido su capital en la oscura marea y ha tenido que volver a fundarla en otro sitio más lejano, que ya nadie recuerda cuál fue el nombre original del reino. Año tras año, más y más territorio era perdido ante la inexorable hueste de sombras que rodeaba por completo las Tierras Libres. Tal vez durante unas décadas se conseguía parar su avance en algún vado o desfiladero, pero siempre acababa produciéndose un ataque con fuerzas abrumadoras que devoraba la débil resistencia, arrebatando cientos de millas de terreno. La oposición era fútil.

Hace ochenta y tres años la extensión del Viejo Reino era apenas una fracción de lo que antaño fue. Ese año, los vigías alertaron de que un ejército como no se recordase jamás había sido divisado avanzando hacia lo poco que quedaba de las Tierras Libres, arrasando todo a su paso sin hallar oposición. Enfrentado finalmente al tanto tiempo temido destino, el Rey Táladas decidió plantar batalla con todas las tropas que le quedaban, sabedor de que serían por completo insuficientes, a fin de concluir la cruel agonía que duraba ya siglos.


Resuelto a su destino, envió mensajes a las naciones vecinas con quienes mantenía frías relaciones -cuando no una guerra fratricida- y les conminó a unirse a él en la lucha final del género humano, o a enfrentar en solitario su propia extinción. Y las naciones de Fungarest, Sjool y las Montañas del Acero, que habían enviado sus propios exploradores visto que toda esperanza era vana, acudieron con sus tropas a la Llanura de Aldanar, a luchar bajo el estandarte del Rey Táladas. Todos los pueblos unidos, pero resignados a no volver a ver otro día.


Y así, luchando por primera vez codo con codo, surgió una esperanza donde no había ninguna. Los magos de la Cábala Escarlata, ígneos adalides de la magia en el Viejo Reino, habían conjurado en varias ocasiones muros de llamas para contener a la Oscuridad, pero siempre acababan siendo extinguidos, al no poder mantenerse indefinidamente la energía requerida por el hechizo. Pero en esta ocasión, aliados tan poderosos como ellos mismos hacían posible algo hasta entonces inconcebible; crear un muro aún más grande que contuviese el avance de la Oscuridad en toda la llanura.


Y los elfos aportaron leña de uno de sus árboles centinela que había acudido a luchar en la batalla, para que su poderosa magia se uniese al hechizo. Y los forjadores thrain fundieron las armas de sus líderes, hechas del misterioso Acero Incógnito, y crearon unos braseros que pudiesen contener toda esa magia mientras se canalizaba hacia el Muro. Por último, los druidas sjoolgaard vertieron su propia sangre y trazaron con ella a lo largo de muchas leguas las runas que habían de servir de fulcro a tanto poder.


Y en el fragor de la batalla se alzó un muro de puro fuego tan alto como una torre y los ejércitos de la Oscuridad se estrellaron contra él. Muchas semanas duró la batalla, pero al final las sombras se retiraron y el Muro seguía en pie, una ardiente línea que separaba las Tierras Libres de su oscura Némesis.


Aunque el frente principal había sido contenido, casi la mitad de Sjool había sido perdida ante la Oscuridad en un frente secundario. Ante esta posibilidad, los reinos decidieron unirse y extender el Muro de Fuego por toda su periferia, protegiéndose de esta manera por todos los lados de la amenaza de la Oscuridad, aunque encerrándose de por vida en una prisión de flamígeras paredes.


Desde la firma del Concordato, tres años tras la Batalla de la Llanura de las Cenizas, y la construcción del Muro en los años posteriores, las naciones de Fungarest, Sjool, las Montañas del Acero y el Viejo Reino, se han esforzado por convivir en un tiempo de paz como no se recuerda. Aunque siguen siendo frecuentes las escaramuzas con algunos contingentes que consiguen atravesar el muro, y sobre todo con nidos de corrupción aún dentro de las fronteras de los reinos, no ha vuelto a producirse ningún ataque como el que dio lugar a la creación del Muro de Fuego, año cero del calendario de los reinos.


Todos los habitantes son conscientes de que la Oscuridad les rodea por completo más allá de sus fronteras, donde las sombras acechan permanentemente y buscan una forma de atravesar la ardiente y delgada línea que les separa de sus presas. Sin embargo, y pese al Muro, la Oscuridad sigue siendo omnipresente en el interior. Un gélido viento barre permanentemente las Tierras Libres, un viento de miedo, dolor y angustia. Los postigos se cierran cada noche y las madres acunan a sus hijos con la esperanza de que esa noche no sea la última. Los reinos, forzados a la convivencia, tratan como pueden de enfrentarse a eso, de restañar las heridas del pasado y enfrentarse juntos al día a día. Pero muchos son los intereses enfrentados de los pueblos, y los viejos agravios jamás se olvidan. Los lazos que los unen son débiles... y quién sabe cuánto aguantarán.

 

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