La Última Posta
Rothgar se detuvo para recuperar el aliento y dejó caer pesadamente sus pertrechos de montaña. El ascenso por aquellas peligrosas cimas había sido tan duro como Dhorgo, el thrain, le había prometido mientras lo preparaban. Su barbudo acompañante aprovechó también la pausa para descansar la espalda y refrescarse con el agua de su odre.
“Ya nadie sube hasta la cima de esas montañas, joven sjoolgaard.”, dijo Dhorgo secándose el bigote con el brazo y señalando la cumbre que se alzaba sobre sus cabezas. “Y de los pocos que se atreven a intentarlo, ninguno regresa. Esa región está plagada de riscos y grietas, y hasta los más experimentados guías thrain las recorríamos con extrema precaución en los tiempos en los que aún había algo por lo que subir.”
Tras un breve y merecido descanso, volvieron a cargar sobre la espalda los bultos de viaje y continuaron el trabajoso ascenso.
“Estamos cerca de la que ahora es la última posta, Rothgar, la del Peñón del Viento. Si quieres ir más allá tendrás que aventurarte sin mí, pues sólo encontrarás las asesinas brumas del Risco Olvidado, el lugar al que no se puede llegar.”
El sjoolgaard había escuchado muchas historias sobre el más remoto confín de la Sierra de Brancino. Según había llegado a sus oídos, hasta hace varios años el Risco Olvidado había sido una simple posta: el Risco Afilado la llamaban, el último peldaño de una escalera hacia la cumbre apenas recorrida por los aventureros y montañeros más osados. Sin embargo, algo había convertido años atrás el Risco Afilado en un lugar de leyendas y supersticiones, lo que dio origen a su nuevo y perturbador nombre. De repente las nieblas habían empezado a provocar que los viajeros se perdiesen en aquellas montañas sin que ninguno pudiera alcanzar la posta, como si la propia cima ocultara el Risco Olvidado al resto del Viejo Reino. Y muchos de los atrevidos que lo habían intentado, habían desaparecido o perecido entre sus traicioneras grietas y rocas.
La idea de desentrañar los misterios de aquél lugar maldito había llevado a Rothgar a ignorar todas las advertencias. El sjoolgaard había atravesado las fronteras del Viejo Reino en busca de honor y gloria con el juramento de sólo regresar a Sjool convertido en un auténtico héroe, y el Risco le brindaba una oportunidad perfecta de aventura.
Tras llegar por fin al Peñón del Viento poco antes del anochecer, pasaron la noche en la posta, resguardados del frío y la Oscuridad. Al amanecer, ambos compartieron una jarra de cerveza en aquella humilde taberna a modo de despedida.
“Buena suerte, maldito cabezota.”, dijo Dhorgo. “Espero que después de esto tus dioses te consideren un héroe, o tendré que ir a patearles el culo como represalia.”
Tras una carcajada algo manchada de preocupación por la despedida, ambos recogieron todos sus pertrechos. El thrain tomó la senda de regreso y Rothgar se dirigió al pequeño camino que ascendía hacia la bruma. Antes de perderse en el camino maldito, una anciana desconocida le detuvo gritándole una última advertencia desde un resguardado rincón.
“¡No deberías aventurarte en el Risco Olvidado, necio, es un lugar de maldición y muerte!”
Tras escuchar una y otra vez el mismo discurso, Rothgar había aprendido a ignorarlo. Sin embargo, algo en la voz de aquella anciana le revolvió el estómago.
“Embrujado o no, encontraré la forma de llegar al Risco Olvidado, anciana. Por mucho que la niebla haya conseguido extraviar a tantos montañeros y exploradores, hallaré la manera de atravesarla y encontrar el Risco. ¡Luego volveré como un héroe! ¿Me has escuchado, vieja?”
La anciana mantuvo unos instantes de silencio para intentar encontrar las palabras adecuadas.
“La niebla no es el problema, muchacho. De todos los malditos días que podías haber escogido para tu llegada, elegiste el peor de todos. Hoy es Primer día de la Quinta del Fuego, día aciago entre los más aciagos, en el que la niebla no podrá evitar la desgracia de que logres tu objetivo y encuentres la perdición.”
Rothgar torció el gesto y, desoyendo por última vez las promesas de muerte, se adentró en la bruma del Risco Olvidado…
Para no regresar jamás.


